Esta mañana me enteré de que TV Azteca entró en concurso mercantil. Me enteré, como se entera uno de casi todo en este país, por un mensaje de WhatsApp de un conocido que trabaja en medios y que llevaba ya varios días con cara de quien sabe algo pero finge que no.
El comunicado de la empresa es lo que suelen ser estos comunicados: sobrio, técnico, con palabras como «reorganización estratégica» y «proceso ordenado de reestructura de pasivos», que suenan a discurso de médico cuando todavía no sabe qué tiene el paciente pero ya cobró la consulta. Lo leí dos veces. Entendí a la primera.
Lo que no entendí fue la velocidad con que, antes de que el PDF terminara de cargar en mi pantalla, ya había una docena de personas en redes sociales declarando que la televisora había muerto, que ya la estaban velando, que alguien debería traer flores. Uno hasta sugirió una misa de cuerpo presente.
Permítame explicar, para quienes no han tenido la fortuna de estudiar finanzas corporativas ni de quebrar un negocio propio, qué es un concurso mercantil. Un concurso mercantil es, básicamente, el equivalente empresarial de decirle a sus acreedores: «Miren, les debo, lo sé, no lo niego, pero si me ahogan aquí mismo todos perdemos. Siéntense, hablemos.» Es un mecanismo legal, previsto en la ley mexicana precisamente para esto. Lo han usado Comercial Mexicana. Vitro. ICA. Ninguna de ellas era, en el momento de entrar al proceso, lo que los eufemismos llaman «una empresa saludable.» Pero tampoco eran cadáveres. Eran empresas con problemas, que es una categoría completamente distinta.
Un cadáver, para que quede claro, no publica comunicados.
El problema con México, o al menos con cierta fauna periodística y política que habita sus redes sociales, es que confundimos la cirugía con la autopsia. Vemos a alguien entrar al quirófano y ya estamos eligiendo la lápida. Hay en eso algo que no es exactamente periodismo, sino más bien un entusiasmo por el desastre que uno esperaría encontrar solo en los aficionados a los accidentes de tránsito.
En las horas que siguieron al comunicado, vi argumentos de todo tipo. Que TV Azteca está en quiebra —no lo está; la quiebra es otra figura jurídica, pero estos detalles suelen interrumpir la narrativa y entonces mejor no mencionarlos—. Que tiene deudas millonarias —las tiene, como tiene deudas cualquier empresa que haya emitido bonos, contratado créditos o comprado maquinaria a plazos, que es decir, cualquier empresa que haya existido—. Que habrá despidos masivos —posibilidad que no excluyo, pero que tampoco han anunciado, y que en todo caso aplica con igual fuerza a cualquier compañía de medios en el planeta, dado que la industria entera lleva diez años reajustando plantillas sin que a nadie se le ocurra declararla finada—.
Vi también, con especial deleite, a quienes sugirieron que el gobierno debería quitarle la concesión. La presidenta Sheinbaum ya ha dicho que eso no procede. Pero ya se sabe: entre la declaración de la presidenta y la opinión del palero de guardia en X, algunos eligen la segunda porque es más satisfactoria.
Conviene, para ser justos, reconocer lo que sí es verdad.
TV Azteca lleva desde 2021 sin pagar los intereses de bonos por 400 millones de dólares emitidos en 2017. La deuda, con los intereses acumulados, ronda ya los 580 millones de dólares. Fitch la calificó como «default restringido» —que es la manera elegante de decir que sí, el señor incumplió—. Sus acciones están suspendidas en la Bolsa Mexicana de Valores desde mayo de 2023. No ha publicado estados financieros desde el cuarto trimestre de 2022, año en que reportó una caída de 68% en sus ganancias. La Suprema Corte falló en su contra en materia fiscal. Los acreedores de Nueva York llevan años tratando de cobrarle con la paciencia progresivamente decreciente de quien presta dinero a alguien que ya no contesta el teléfono.
Esto no es un invento de los paleros. Es el expediente judicial, los reportes de Expansión, los fallos de los tribunales.
Dicho todo lo anterior, el concurso mercantil no es la confirmación de que la televisora va a desaparecer. Es, precisamente, el intento formal de evitarlo. Los procesos de reestructura existen porque liquidar una empresa en operación —con empleados, con activos, con concesiones, con rating— suele destruir más valor del que recupera. Los acreedores lo saben. Los jueces lo saben. Solo los tuiteros parecen no haberlo sabido todavía, quizás porque Twitter —o como se llame ahora— no ofrece cursos de derecho mercantil, aunque sí ofrece, de manera gratuita e ilimitada, la posibilidad de opinar con autoridad sobre todo.
También escuché el argumento del señor Jeffrey Epstein, cuya inversión pasada en la televisora fue mencionada en varios corrillos con el tono de quien acaba de descubrir el arma del crimen. Habría que recordar, con la misma ecuanimidad con que uno recuerda cosas incómodas, que la responsabilidad penal es individual —principio jurídico de aparente obviedad que sin embargo sorprende a muchos—, y que en esa misma lógica habría que revisar con qué inversionistas, funcionarios y personajes varios se han fotografiado quienes hoy lanzan la piedra. Las fotos comprometedoras, en México, son un recurso de uso equitativo.
La industria televisiva atraviesa una reconversión que no es culpa de nadie en particular y es problema de todos en el sector. Netflix, YouTube, las plataformas de streaming y la publicidad digital se han llevado audiencias e ingresos que antes eran de la televisión abierta. Esto le pasa a TV Azteca. Le pasa a Televisa. Le pasa a todas las televisoras del mundo que no se llaman BBC y que tampoco se llaman BBC. La diferencia es cómo cada una navegó —o no navegó— esas aguas. Eso ya es harina de otro costal, y de otro artículo.
Por lo pronto, lo que hay es una empresa en concurso mercantil, un proceso legal en curso, y varios cientos de personas que trabajan ahí y que esta mañana llegaron a su oficina igual que cualquier día.
No es un funeral. Todavía no.
Aunque entiendo que para algunos la esperanza de que lo sea es, en sí misma, una fuente de entretenimiento que ninguna televisora podría competir.
Germán Vidal Terán es analista de medios y comunicación política. Sus opiniones son exclusivamente suyas, lo cual, en el México de hoy, es ya una rareza digna de mención.

