Lo que desde Palacio Nacional intentan presentar como simples “ataques viscerales” empieza a tomar forma de una auténtica guerra interna dentro de Morena. Las acusaciones del exconsejero jurídico Julio Scherer Ibarra contra Jesús Ramírez Cuevas —hoy coordinador de asesores de la presidenta Claudia Sheinbaum— no sólo destaparon viejas rivalidades, sino que exhibieron públicamente una ruptura entre figuras que durante años fueron parte del círculo más cercano del poder lopezobradorista.
El choque escaló tras la publicación del libro Ni venganza ni perdón, donde Scherer asegura que Ramírez Cuevas habría facilitado el acceso del empresario Sergio Carmona, conocido como el “rey del huachicol”, a las esferas del poder y a redes políticas vinculadas con campañas morenistas.
Frente a estas acusaciones, Ramírez Cuevas respondió con un posicionamiento en redes sociales negando cualquier vínculo con actividades ilícitas, retando a que se presenten pruebas ante tribunales y denunciando una campaña mediática en su contra. Sin embargo, en su defensa lanzó una frase que revela el tamaño de la crisis: rechazó que exista una “guerra civil” dentro del partido.
El problema es que la necesidad de negarla confirma que el conflicto ya está instalado.
Porque el enfrentamiento no ocurre entre oposición y gobierno, sino entre antiguos aliados del mismo proyecto político. Dos exintegrantes del primer círculo presidencial cruzan acusaciones sobre corrupción, financiamiento político y vínculos con redes ilegales, llevando la disputa del terreno privado al espacio público y editorial.
Más allá de los desmentidos, el episodio refleja un fenómeno más profundo: la transición del movimiento a un sistema de poder con facciones internas compitiendo por control político, narrativa y legitimidad.
Mientras Ramírez Cuevas insiste en que en Morena hay “convicción, voluntad y principios éticos”, la realidad política muestra otra cosa: libros explosivos, acusaciones cruzadas, campañas mediáticas y una creciente exposición de conflictos internos que ya no pueden ocultarse.
La llamada unidad morenista empieza a mostrar grietas, y cada nueva revelación alimenta la percepción de que el movimiento atraviesa no una simple polémica, sino una disputa interna por el poder.

