Se acabó. Después de más de dos décadas de pleitos fiscales, las empresas de Grupo Salinas cerraron la totalidad de sus litigios con el gobierno de México. El acuerdo contempla el pago de 32 mil millones de pesos en parcialidades y marca un punto final: ya no hay adeudos pendientes. Ninguno.
Para Ricardo Benjamín Salinas Pliego, el mensaje fue firme y sin maquillaje. Sus empresas han pagado más de 300 mil millones de pesos en impuestos en los últimos 20 años. Aun así, aceptaron cubrir un monto adicional, no porque lo consideren justo, sino porque decidieron cerrar el capítulo y recuperar algo que el conflicto les venía quitando desde hace años: tiempo, foco y energía.
El acuerdo no solo tiene impacto fiscal. Tiene un efecto político inmediato. Durante años, el litigio fue usado como arma discursiva desde Palacio Nacional. Servía para montar ataques, distraer de los problemas reales y construir un enemigo recurrente. Hoy esa pieza desapareció del tablero.
Los grandes perdedores del cierre son Andrés Manuel López Obrador y su operador de comunicación, Jesús Ramírez Cuevas. Apostaron a estirar el conflicto hasta el cansancio, convencidos de que el pleito rendía políticamente. El acuerdo les quitó el micrófono y los dejó sin historia que contar.
En redes sociales, la lectura fue inmediata. Memes de AMLO en la lona, sin rival al frente y sin discurso reciclable. No es solo sarcasmo digital. Es la percepción de que el poder que antes marcaba agenda hoy se quedó sin combustible narrativo.
El propio comunicado de Grupo Salinas deja claro que el pago rebasa incluso los acuerdos planteados en 2024. Con eso, el grupo empresarial cubrió todo lo que el fisco exigió a lo largo del litigio. A partir de ahora, no hay pendientes ni excusas. El expediente quedó cerrado.
La necedad de mantener vivo el conflicto también dejó costos colaterales. El desgaste acumulado terminó complicándole el arranque a Claudia Sheinbaum, que heredó un aparato comunicacional erosionado y una narrativa agotada. Cada intento por sostener el pleito fue una piedra más en su camino.
Grupo Salinas explicó que el objetivo ahora es volver a lo esencial: atender a millones de clientes, sostener el ingreso de más de 200 mil familias y seguir generando valor en el país. No es discurso patriótico. Es una decisión práctica frente a un conflicto que ya no tenía sentido prolongar.
El cierre también deja una pregunta incómoda en el aire, dirigida al poder: ahora que ya no existe el empresario incómodo, ¿a quién van a culpar por la inseguridad, el sistema de salud rebasado y la falta de crecimiento?
Para muchos ciudadanos desencantados, el acuerdo no solo terminó un litigio fiscal. También exhibió a quienes apostaron todo a un distractor que hoy ya no existe. Cuando se apaga el ruido, lo único que queda es la realidad.

