27 Horas de «Gloria»

La épica tributaria que salvará a México… hasta el desayuno del día siguiente


Hay momentos en la historia de las naciones que merecen ser cincelados en mármol. Gettysburg. La caída de Roma. Y ahora, con el peso simbólico que solo los gobiernos populistas saben fabricar de la nada, el pago de impuestos de Grupo Salinas al SAT mexicano.


Observen la escena: la señora presidenta Claudia Sheinbaum —científica de formación, maga de la narrativa por vocación— anunció hace apenas unos días que los 32 mil millones de pesos arrancados tras veinte años de litigios y piruetas jurídicas financiarán la Beca Gertrudis Bocanegra para un millón de jóvenes. No dijo el nombre del contribuyente, naturalmente. Lo llamó «una persona que finalmente pagó sus impuestos.» La modestia republicana es una virtud admirable en quien se apropia de victorias ajenas.
Nótese la elegancia del giro. La Suprema Corte obligó el pago. Los jueces dictaron sentencia. El SAT ejecutó. Y la presidenta, con esa tranquilidad olímpica de quien recoge la fruta que otro sembró y regó por dos décadas, anuncia becas. El mérito se redistribuye con la misma generosidad con que el presupuesto redistribuye la deuda.


Pero dejemos la política a un lado —ese pantano donde los principios nadan y se ahogan— y entremos en terreno firme: el de las matemáticas, ciencia que, a diferencia de la demagogia, no admite eufemismos.
El gobierno federal de México tiene aprobado para 2026 un gasto neto de 10 billones 193 mil millones de pesos. El año tiene 8,760 horas. Una división elemental, del tipo que se resuelve antes del primer café, arroja que el Estado mexicano gasta 1,163 millones de pesos por hora.

Cada hora, sin falta, sin descanso, con la puntualidad de un reloj suizo al que hubieran instalado un motor de déficit.
El pago histórico, el más grande en la historia del SAT, el que financiará becas y bachilleratos y centros comunitarios y canchas de fútbol y la esperanza misma de la juventud mexicana, asciende a 32,132 millones de pesos.


Dividamos: 32,132 ÷ 1,163 = 27.6 horas.


Veintisiete horas y media, aproximadamente. Poco más de un día. La épica tributaria que se celebra con confeti y mañaneras dura, en términos del aparato estatal que la ingiere, lo que tarda uno en dormir bien dos noches seguidas, cosa que en México, conviene reconocerlo, ya es un lujo.


Ahora bien, la pregunta que ningún aplaudidor se formula —y los aplaudidores son legión, son fervorosos, y tienen en la ovación un sustituto barato del pensamiento— es esta: ¿qué financia exactamente un día de gasto federal? La respuesta es: nada completo. Ni una carretera. Ni un hospital. Ni el sueldo mensual de la burocracia. Un día del erario mexicano es apenas el ronroneo de la maquinaria antes de que empiece a trabajar de verdad.


Los que celebran en redes, los que publican sus elogios con la urgencia del converso recién iluminado, los que saludan como conquista histórica lo que es, estrictamente, el cobro de una deuda vencida con descuento del 37%, esos ciudadanos merecen una pregunta de cortesía: ¿les alcanza a ustedes algo de esas 27 horas? ¿Les llega acaso el viento de esa fortuna pasajera? ¿O simplemente disfrutan, desde esa región del alma donde habitan la envidia y el resentimiento bien administrado, que alguien que produce y emplea reciba una patada en las costillas con cobertura mediática?


Porque eso es, en sustancia, lo que celebran: no la llegada de la riqueza pública, sino el castigo del rico privado. La diferencia es sutil pero importante. Quien celebra la primera tiene fe en el Estado. Quien celebra la segunda solo tiene sed de que le vaya mal al prójimo. Y esa sed, señores, no la apaga ninguna beca.


El dinero, como toda materia en este universo ingrato, fluye. Entrará al Tesoro el 29 de enero, y para el 31 habrá sido fagocitado por la bestia burocrática sin que nadie note siquiera el eructo. Las becas, si llegan, llegarán de otros fondos, con otros nombres, en otros tiempos. La contabilidad del poder popular tiene esa virtud: es narrativa primero y aritmética después, si acaso.

Así pues, celebren. Aplaudan. Publiquen. Compartan la buena nueva de las 27 horas de abundancia. Solo tengan la cortesía intelectual de no llamarle victoria a lo que es, en el mejor de los casos, la regularización de un trámite pendiente. Y en el peor, el pretexto perfecto para anunciar becas cuyo financiamiento real nadie explicará cuando se acaben las horas de gloria.

La aritmética es democrática. No distingue entre quienes aplauden y quienes pagan.

Nota al editor: Los cálculos están basados en el Presupuesto de Egresos de la Federación 2026, aprobado por la Cámara de Diputados con 355 votos a favor el 4 de noviembre de 2025, por un monto de $10,193,683.7 millones de pesos, y el acuerdo SAT-Grupo Salinas del 29 de enero de 2026 por $32,132 millones de pesos.

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