El infierno socialista que defiende la izquierda ignorante

Cuba vive una crisis que ya no cabe en los discursos oficiales. No es solo económica, ni únicamente energética. Es una crisis de futuro. Y, como ha ocurrido otras veces, el gobierno ha decidido enfrentarla no con soluciones, sino con miedo.

Esta semana, dos jóvenes creadores de contenido fueron detenidos tras publicar videos en redes sociales donde hablaban de la vida cotidiana en la isla: apagones interminables, escasez, frustración y una sensación generalizada de abandono. No llamaron a la violencia. No organizaron protestas. Contaron lo que viven.

Horas antes de su arresto, uno de ellos dejó un mensaje que hoy circula entre cubanos dentro y fuera del país: no lo detenían por un delito común, sino por atreverse a decir en voz alta lo que millones piensan en silencio. Esa frase resume con crudeza el estado actual del modelo socialista cubano: cuando la realidad contradice al relato, el relato se protege a golpes.

Mientras la dirigencia insiste en hablar en nombre del “pueblo”, el pueblo real hace filas para conseguir comida, vive a oscuras durante gran parte del día y ve cómo sus hijos emigran o sueñan con hacerlo. En muchos barrios, el día a día se reduce a resistir: resistir el calor sin electricidad, resistir la falta de agua, resistir la incertidumbre.

Los jóvenes detenidos grababan desde un cuarto modesto, con lo mínimo. Precisamente por eso conectaron con miles de personas: no hablaban desde el privilegio, sino desde la misma precariedad. Su éxito no fue tecnológico, fue humano. Y eso es lo que el poder no tolera.

Cada nueva detención por motivos políticos vuelve a dejar una pregunta incómoda: ¿por qué un sistema que se presenta como justo y popular necesita silenciar a ciudadanos comunes?

Analistas y organizaciones de derechos humanos coinciden en que la represión no es un accidente, sino una herramienta estructural. En contextos de crisis profunda, el socialismo cubano no abre espacios de crítica ni corrige errores: endurece el control.

La historia se repite. Cuando la economía no alcanza, cuando las promesas se agotan, cuando el discurso ya no convence, la coerción ocupa el lugar de la política.

El miedo como mensaje

Las detenciones no buscan únicamente castigar a quienes hablan. Buscan enviar un mensaje al resto: cualquiera puede ser el siguiente. En Cuba, opinar sigue siendo una actividad de alto riesgo.

Creadores de contenido, artistas y activistas han denunciado que el temor no es abstracto. Tiene consecuencias reales: interrogatorios, amenazas, pérdida del empleo, vigilancia constante. “Aquí no te dicen que no hables —dicen—, te hacen entender qué pasa si lo haces”.

Lo que piden muchos cubanos hoy no es ideológico ni sofisticado. No hablan de modelos económicos ni de geopolítica. Hablan de dignidad. De poder expresar una opinión sin perder la libertad. De no tener que elegir entre callar o irse.

A más de seis décadas del triunfo de la revolución, el balance es cada vez más difícil de ocultar. Un sistema que prometió justicia social ha terminado normalizando la escasez y criminalizando la palabra.

La represión contra estos jóvenes no es una excepción ni un exceso aislado. Es una señal clara de hasta dónde puede llegar un régimen cuando ya no puede ofrecer esperanza, solo control.

Y en ese punto, la pregunta deja de ser si el socialismo cubano está en crisis.
La pregunta es cuántas voces más necesita callar para sostenerse.

Por admin

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