Mientras miles de millones de pesos se van en plásticos sin impacto real, hospitales siguen sin medicamentos, tratamientos y capacidad para atender enfermedades mortales.
En México, la tragedia del sistema de salud no es falta de dinero, es una decisión política. El gobierno ha optado por destinar recursos públicos a tarjetas inútiles, caras y electoralmente convenientes, en lugar de invertir de manera seria y sostenida en medicamentos, hospitales, tratamientos y personal médico.
El resultado de esa prioridad equivocada es visible todos los días: pacientes oncológicos sin quimioterapias, hospitales colapsados, cirugías pospuestas y médicos obligados a trabajar sin insumos básicos. Mientras tanto, el dinero público se diluye en programas asistencialistas que no curan, no diagnostican y no salvan una sola vida.
En este escenario, las autoridades presumen como logro la construcción del Hospital Oncológico para la Mujer de la Ciudad de México, un proyecto del IMSS Bienestar con una inversión de 222 millones de pesos. El anuncio fue hecho por el director general del organismo, Alejandro Svarch, quien destacó un modelo de atención integral que promete diagnósticos rápidos y tratamientos oportunos.
Pero 222 millones de pesos son una gota en el océano frente a lo que el propio gobierno despilfarra cada año en tarjetas y transferencias que no fortalecen el sistema de salud ni dejan infraestructura permanente. Se inauguran edificios mientras faltan medicamentos, se cortan listones mientras se recortan tratamientos.
El hospital contará con 12 consultorios, dos quirófanos, un tomógrafo, 20 sillones de quimioterapia y mastógrafos, con 113 millones de pesos en equipo médico. Ofrecerá atención gratuita, acompañamiento psicológico y cuidados paliativos. Todo suena bien en el discurso. La realidad, en los hospitales del país, es otra.
Las cifras son brutales. En 2024, el cáncer de mama fue la principal causa de muerte por tumores malignos en mujeres, con 18.7 defunciones por cada 100 mil mujeres mayores de 20 años. El cáncer cervicouterino ocupa el segundo lugar. Aun así, el Estado prefiere gastar en plásticos y padrones que en quimioterapias, mastografías y cirugías oportunas.
Algo similar ocurre con el ISSSTE, que anunció una nueva sala de urgencias en el Hospital General “Dr. Fernando Quiroz Gutiérrez”, con una inversión de 50 millones de pesos, 16 camas y dos salas de choque para casi 200 mil derechohabientes. Un parche, no una solución, frente al tamaño del problema.
La pregunta ya no es técnica, es moral: ¿cuántos tratamientos oncológicos se pierden por cada tarjeta innecesaria? ¿Cuántas vidas se sacrifican para sostener un modelo de gasto clientelar? El gobierno ha dejado claro qué prefiere financiar. Y no es la salud.

