Gerardo Fernández Noroña se ha convertido en uno de los principales normalizadores de la vulgaridad en la política mexicana. Su reciente embestida contra Grecia Quiroz —viuda de Carlos Manzo, alcaldesa de Uruapan y virtual próxima gobernadora de Michoacán— no es un desliz aislado, sino la confirmación de un patrón.
El 7 de noviembre publiqué un artículo anticipando este deterioro. Tras observar los ataques personales y misóginos dirigidos contra Quiroz, la conclusión es ineludible: Noroña no debate, agrede; no argumenta, denigra.
El todavía senador del PT, incrustado con calzador en Morena, pasó de presumir fotografías con el dictador venezolano a ver cómo sus antiguas alianzas se desmoronan. Claudia Sheinbaum ya le lanzó una primera llamada de atención, discreta pero inequívoca, durante una de sus mañaneras. No será la última. Tampoco vendrá solo desde la Presidencia: dentro de Morena, cada vez más voces toman distancia.
En el Senado, los periodistas comienzan a ignorarlo. En la calle, ciudadanos —en México y en el extranjero— lo confrontan sin miedo. Él responde como siempre: con bravuconadas de barrio, creyendo que el volumen sustituye a la razón. Eventualmente, este esquinero pendenciero encontrará el límite que hoy se niega a reconocer.
Mientras tanto, continúa desempeñando su papel de vocero oficioso de una dictadura teocrática disfrazada de “transformación”, dictada desde el trono del Señor de Palenque y ejecutada por sus pavorreales. Noroña es un síntoma: el rostro grotesco de una democracia secuestrada desde julio de 2018.
En siete años se han erosionado —cuando no desaparecido— el Estado de derecho, la libertad de prensa, la separación de poderes, la rendición de cuentas y el auténtico empoderamiento ciudadano. Justamente los pilares que definen a una democracia funcional.
En su lugar, el poder se ha concentrado en un círculo reducido de incondicionales y cómplices; el terrorismo de Estado se normaliza; los derechos humanos se violan con impunidad; se cometen crímenes de lesa humanidad —como los campos de exterminio en Jalisco—; la corrupción alcanza niveles inéditos en la historia reciente y el crimen organizado se multiplica como gremlins bajo la lluvia.
López Obrador y su descendencia política —biológica y adoptiva— no son una anomalía, sino el resultado de estructuras criminales que han capturado gobiernos en buena parte del continente: Brasil, Venezuela, Nicaragua, Colombia, Ecuador y Chile —con Boric—, todos bajo el amparo ideológico de la dictadura más longeva del hemisferio: la de los Castro en Cuba.

